Jorge Castañeda (*)
En las pre-negociaciones e interminables especulaciones sobre el
Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan), muchos buenos
amigos norteamericanos de México nos brindan un consejo en apariencia
muy sabio. Dicen ellos: “No hagan caso de lo que Donald Trump dice;
fíjense en lo que dice.” Buena idea, mal consejo.
En 1999 y 2000, un respetable colega, el entonces embajador de
Estados Unidos en Venezuela, John Maisto, repetía por doquier que
Washington debía prestar atención a lo que el entonces recién electo
Hugo Chávez hacía, no lo que decía. Maisto pregonaba esta sugerencia con
las mejores intenciones del mundo, como ahora lo hacen nuestros
interlocutores estadounidenses pro-Tlcan. El pequeño problema en aquella
época fue que muy pronto Chávez comenzó a hacer lo que decía. El
pequeño problema ahora es que Trump no sólo va a hacer lo que dice, sino
que lo que dice el presidente de Estados Unidos no es un mero dicho: es
un hecho.
Esto tiene que ver con la entrevista de Donald Trump a “The
Economist” ayer, centrada en el comercio y en el Tlcan con México, pero
también con el escándalo más reciente (no el último) en Washington: el
cese fulminante y público del director del FBI. Lo que dice Trump se
transforma rápidamente en lo que hace Trump, pero además, tratándose de
quien es, el impacto financiero, geo-político y hasta cultural de su
retórica reviste implicaciones muy materiales.
Todo indica, como lo hemos señalado aquí, que las negociaciones del
Tlcan, con o sin Canadá, no comenzarán antes de septiembre. No habrá
aprobación legislativa en Estados Unidos antes del 2019. La carta de
solicitud de Trade Promotion Authority que el ejecutivo enviará al
Congreso estadounidense quizás la semana que entra o después, incluirá
provocaciones muy directas destinadas a generar un reacción de rechazo
en Ciudad de México y en Ottawa. De ignorarlas, México puede pasar por
ingenuo o complaciente; de caer en la provocación, corremos el riesgo de
torpedear una negociación que podría, a la larga, salir bien. ¿Qué
hacer?
Por mucho que me moleste coincidir con López Obrador, en una de esas
convendría más que el gobierno de Peña Nieto fijara un plazo perentorio
para el envío del nuevo acuerdo (bilateral o trilateral) al Congreso de
Estados Unidos. De no cumplirse, se suspenderían las pláticas con el
pretexto/justificación de que no sería congruente, democrático ni
políticamente sensato seguir negociando cuando una de las partes
—México— ya vive bajo un gobierno saliente (lame duck) y con un Congreso
también legislando en sus últimas semanas.
Los inconvenientes de este esquema son evidentes, pero sus ventajas
son contundentes, aunque menos visibles. Peña Nieto le pasa el paquete
al siguiente mandatario, y gana tiempo con Trump. Como van las cosas en
Washington, nadie sabe cuánto tiempo permanezca en la Casa Blanca.
Obliga a cada candidato a la Presidencia de México a pronunciarse
durante la campaña sobre lo que haría con el Tlcan. No bastarán los
lugares comunes imbéciles sobre el respeto, la cooperación y la
soberanía. Y en tercer lugar, o bien obliga a Trump y a sus negociadores
a acelerar el paso y terminar a tiempo, o bien a dejar todo en paz por
ahora, o bien a salirse ellos del Tlcan, en lugar de que lo haga México,
por buenas razones, pero siempre difíciles de explicar.
Despido
El despido de James Comey del FBI marca un hito en la presidencia de
Trump. En lugar de utilizar la distracción de los reflectores y los
enredos del ocupante de la Casa Blanca para no hacer nada, México
debiera aprovechar esta debilidad para formular planteamientos duros y
audaces, en materia comercial, y en el tema de seguridad, durante la
próxima reunión de Miami. Es por allí.— Ciudad de México. (Fuente y Creditos: Diario de Yucatan)
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Ex canciller de México y analista político

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