SUEÑOS DE UN NIÑO EN NAVIDAD
En la tierra de mi pueblito, desde muy niño dejé enterrado mis sueños; como si yo fuera un buen arquitecto, construí caminos y ríos en la enorme cuesta (bajada) que estaba frente a mi casa, en tiempos de lluvias se alegraban mis penas. Ver correr en cauces divergidos mi barquito de papel y más pronto que tarde quedar varado a la deriva.
Los montes y los estanques de las sascaberas me infundían valor para vencer los miedos en juegos desafiantes, sus tranquilas aguas me mecían como niño en la cuna, todo era distinto, nada era igual. El perfume de la resina del zapote, la caoba y el cedro se impregnaban por todos lados, ese mismo aroma traía mi padre al llegar a casa agotado luego de una dura jornada en la fábrica de madera.
Yo, agotado también, regresaba a casa, sabia lo que me esperaba de mamá, después de todo que más podía pasar, bien había valido la pena, dormía mejor, soñaba profundo. Una y mil cosas venían en mi mente de niño.
El solo recuerdo de sus calles empedradas, limpias e iluminadas, me hacían pensar y repasar mis ideas sanas e inocentes de aquellas trásfugas jornadas de andanzas cotidianas a veces descalzo, otras veces no, pero siempre regresando a casa campante de aquel estanque o memorable parquecito infantil.
Ese era el lugar ideal donde el tiempo se aquietaba para poder oír en lo más alto del campanario de la Iglesia, a “Los Babys” o a las “Hermanitas Núñez” su música tenía fama y me llamaba mucho la atención.Sentado en los balancines o meciéndome en los columpios veía enfrente de mí las enormes casas de madera con sus jardines llenos de hermosas flores que combinaban casi a la perfección con los colores y aromas de los primeros amores discretos de la niñez.
No lo sé, ni me pregunten quienes fueron, no lo recuerdo, mi pueblito tenía un exquisito diseño, casi perfecto, calles tranquilas, enormes árboles, muchas casas hechas de madera, su enorme escuela, su mercadito, su salón de cine, el casino de boliche y la Nevería, eran únicos.
En cada uno de esos espacios mis pasos sonaron en silencio, casi nadie los percibió, pero ahí estaban sigilosos como aquel pelotero que intenta robarse la base. Desde niño entendí que los valores se hacen en casa. La disciplina, el respeto y otras prácticas de cortesía fueron mis primeras enseñanzas.
Fui paciente con Santa Claus, a la Navidad, la esperaba tanto tiempo, el que fuera necesario sentado en los escalones de mi casa ansiando el juguete que no tardó mucho en llegar, mis vecinas y, yo, estábamos felices, pero los juegos se interrumpían abruptamente porque había que dormir antes de que se fuera la luz-
¿La Navidad, era una época especial y emotiva para ser feliz, pero… y el arbolito? -No se preocupen-, decía el jefe de la casa, ahora regreso, al poco rato se aparecía arrastrando una enorme rama, la colocaba en una cubeta llena de tierra para que se sostuviera firme en un lugar cómodo de la habitación y enseguida comenzaba la decoración.
Cal, algodón y papel aterciopelado eran materiales suficientes para dejarla blanca como la nieve, la forramos desde el tronco hasta la última punta. Colgar los adornos era nuestra labor, en lo más alto brillaba la estrella. La XEB, la B grande de México sonaba alegre con su música, daba la hora a cada rato, sus anuncios navideños me ponían feliz. La Radio de la marca “Philips” con sus enormes bulbos nos hacia ponernos contentos, esa era la gran diferencia.
Que bellos tiempos, aquellas épocas, recuerdo, eran placenteras y de trajín, el agua destilada lista para tomar quedaba a varias cuadras, habría que ir por ella, unos cuantos pares de canicas en los bolsillos, el tinjoroch’, el trompo o la Kimbomba (juguetes de madera) eran suficientes para “distraerse o matar el tiempo” pero,.. (Mamá_ siempre me decía… a donde te mandé…). y, ya saben, nadie me salvaba de una merecida “paliza” (literal).
La Navidad, sin lugar a dudas es una de las celebraciones más importantes del año, trae hermosos recuerdos. Como cuando niños salíamos a cantar la rama --En familia, o amigos salíamos a cantar la rama andando casa por casa y pidiendo con alegres cantos el aguinaldo y, si recibíamos, la rama se retiraba muy contenta y agradecida y si no, se iba muy desconsolada.,,
Así trascurrió el tiempo en ese camino de andar inocente de aquel niño que dejó enterrado sus sueños en un lugar mágico, un lugar donde los Duendes, (Arux) los Dueños del Monte, la X- Tabay y otros seres mágicos ocuparon y embelesaron su mente en cuentos de tardes mareadas por el ocaso del sol, como el crepúsculo de la vida misma, sonrían y sean felices….
En la tierra de mi pueblito, desde muy niño dejé enterrado mis sueños; como si yo fuera un buen arquitecto, construí caminos y ríos en la enorme cuesta (bajada) que estaba frente a mi casa, en tiempos de lluvias se alegraban mis penas. Ver correr en cauces divergidos mi barquito de papel y más pronto que tarde quedar varado a la deriva.
Los montes y los estanques de las sascaberas me infundían valor para vencer los miedos en juegos desafiantes, sus tranquilas aguas me mecían como niño en la cuna, todo era distinto, nada era igual. El perfume de la resina del zapote, la caoba y el cedro se impregnaban por todos lados, ese mismo aroma traía mi padre al llegar a casa agotado luego de una dura jornada en la fábrica de madera.
Yo, agotado también, regresaba a casa, sabia lo que me esperaba de mamá, después de todo que más podía pasar, bien había valido la pena, dormía mejor, soñaba profundo. Una y mil cosas venían en mi mente de niño.
El solo recuerdo de sus calles empedradas, limpias e iluminadas, me hacían pensar y repasar mis ideas sanas e inocentes de aquellas trásfugas jornadas de andanzas cotidianas a veces descalzo, otras veces no, pero siempre regresando a casa campante de aquel estanque o memorable parquecito infantil.
Ese era el lugar ideal donde el tiempo se aquietaba para poder oír en lo más alto del campanario de la Iglesia, a “Los Babys” o a las “Hermanitas Núñez” su música tenía fama y me llamaba mucho la atención.Sentado en los balancines o meciéndome en los columpios veía enfrente de mí las enormes casas de madera con sus jardines llenos de hermosas flores que combinaban casi a la perfección con los colores y aromas de los primeros amores discretos de la niñez.
No lo sé, ni me pregunten quienes fueron, no lo recuerdo, mi pueblito tenía un exquisito diseño, casi perfecto, calles tranquilas, enormes árboles, muchas casas hechas de madera, su enorme escuela, su mercadito, su salón de cine, el casino de boliche y la Nevería, eran únicos.
En cada uno de esos espacios mis pasos sonaron en silencio, casi nadie los percibió, pero ahí estaban sigilosos como aquel pelotero que intenta robarse la base. Desde niño entendí que los valores se hacen en casa. La disciplina, el respeto y otras prácticas de cortesía fueron mis primeras enseñanzas.
Fui paciente con Santa Claus, a la Navidad, la esperaba tanto tiempo, el que fuera necesario sentado en los escalones de mi casa ansiando el juguete que no tardó mucho en llegar, mis vecinas y, yo, estábamos felices, pero los juegos se interrumpían abruptamente porque había que dormir antes de que se fuera la luz-
¿La Navidad, era una época especial y emotiva para ser feliz, pero… y el arbolito? -No se preocupen-, decía el jefe de la casa, ahora regreso, al poco rato se aparecía arrastrando una enorme rama, la colocaba en una cubeta llena de tierra para que se sostuviera firme en un lugar cómodo de la habitación y enseguida comenzaba la decoración.
Cal, algodón y papel aterciopelado eran materiales suficientes para dejarla blanca como la nieve, la forramos desde el tronco hasta la última punta. Colgar los adornos era nuestra labor, en lo más alto brillaba la estrella. La XEB, la B grande de México sonaba alegre con su música, daba la hora a cada rato, sus anuncios navideños me ponían feliz. La Radio de la marca “Philips” con sus enormes bulbos nos hacia ponernos contentos, esa era la gran diferencia.
Que bellos tiempos, aquellas épocas, recuerdo, eran placenteras y de trajín, el agua destilada lista para tomar quedaba a varias cuadras, habría que ir por ella, unos cuantos pares de canicas en los bolsillos, el tinjoroch’, el trompo o la Kimbomba (juguetes de madera) eran suficientes para “distraerse o matar el tiempo” pero,.. (Mamá_ siempre me decía… a donde te mandé…). y, ya saben, nadie me salvaba de una merecida “paliza” (literal).
La Navidad, sin lugar a dudas es una de las celebraciones más importantes del año, trae hermosos recuerdos. Como cuando niños salíamos a cantar la rama --En familia, o amigos salíamos a cantar la rama andando casa por casa y pidiendo con alegres cantos el aguinaldo y, si recibíamos, la rama se retiraba muy contenta y agradecida y si no, se iba muy desconsolada.,,
Así trascurrió el tiempo en ese camino de andar inocente de aquel niño que dejó enterrado sus sueños en un lugar mágico, un lugar donde los Duendes, (Arux) los Dueños del Monte, la X- Tabay y otros seres mágicos ocuparon y embelesaron su mente en cuentos de tardes mareadas por el ocaso del sol, como el crepúsculo de la vida misma, sonrían y sean felices….
NEEK
HISTORIAS Y LEYENDAS
Por Manuel Cen Balam
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